El señor X se dispone a salir de viaje con su mujer (la señora X). El señor X (llamémosle Bruce) es indistinguible de otros muchos señores X, salvo por su cabeza, completamente calva y reluciente. Justo en el pasillo del aeropuerto, antes de entrar por el control de entrada, se da cuenta de que falta un papel. El pasaporte, el visado, el dni, o alguno similar. Rápidamente, se gira hacia su mujer, que, solícita, le entrega el papel que le falta. Entonces, cruza el control, y…
La empleada del aeropuerto Z (llamémosle Tilda) está, como todos los días, en su puesto, alerta. De pronto, ve como Bruce cruza el control del vuelo, y se lanza rápidamente a detenerle mientras grita algo (su nombre, un grito de alarma, no se sabe).
Pero es demasiado tarde. Bruce pasa el control, y dos pasos más adelante se topa con la terrible nube mortal, el virus tóxico, o lo que sea que la produzca. Y para él, es el fin.
Tilda no se resigna, y decide utilizar uno de los transportadores de tiempo de que dispone el aeropuerto. Son cacharros muy útiles, permiten mantenerse en suspensión sobre el suelo (aparte de que evidentemente, permiten viajar en el tiempo). Tilda viaja hacia varios años atrás, para encontrarse con Bruce, con el que charla, ambos sentados en el cacharro, ambos suspendidos sobre el suelo. Tilda le cuenta a Bruce todo lo que ha pasado en esos años, todo lo que la humanidad ha progresado, todos los inventos que se han llevado a cabo, Bruce la escucha fascinado…
Cuando Tilda vuelve a su tiempo, a su época, las cosas han cambiado. Todos los instrumentos, los materiales, las sillas del aeropuerto, los maletines de los hombres de negocio… todo está hecho con una sustancia negra (al parecer Bruce tomó buena nota de los inventos y se dedicó a desarrollarlos él mismo). La sustancia es resistente, maleable, y muy útil. Pero de pronto, la sustancia de la que están hechas todas las cosas, se desvanece en un millón de pequeñas motas en forma de polilla, que salen volando y se pierden en el techo del aeropuerto. Todo lo construido, lo creado, ya no sirve de nada, porque se ha esfumado.
Tilda se lamenta y habla con su compañero.
- Nunca debimos evolucionar demasiado deprisa.
- ¿Es posible evolucionar demasiado deprisa? – Responde él.
- Siempre es posible evolucionar demasiado deprisa. – La amargura de Tilda se refleja en su voz, que se pierde en la inmensidad del aeropuerto.







