Después de un fin de semana movidito, volvemos a la realidad.

Y la realidad es que tengo un paper por acabar, clases que preparar, kilos que perder y una madeja de hand-dyed lace que gastar. En un primer momento iba a ser una cosa, pero al final me decidí por un Clapotis, que es uno de los chales más populares de Ravelry, y si tantas otras lo han hecho, yo no quiero ser menos.

Esta es una entrada prosaica y vulgar acerca del final de las navidades, que ya está aquí.  Estoy en contra, pero en estas cosas no se puede opinar, claro.

 

Y en otro orden de cosas, hoy hubo quedada de No-Madeja-Das, con entrega de regalos de la Amiga Invisible incluida. Es increible como estas reuniones me ponen las pilas y me animan a tejer como una loca con sobredosis de speed. Tantas lanas, tantos proyectos y tan poco tiempo! En fin, las niñas encantadoras como siempre, hemos pasado un buen rato, y me he tomado un batuccino, algo así como un biberón para adultos.

Si pudiera quedarme bajo las sábanas un rato más…

Pues nada, aquí seguimos dejándonos arrastrar por la corriente del consumismo desbocado. A estas alturas del año, normalmente ya suelo estar harta de tiendas y compras (¡con lo que yo he sido!), pero no pasa nada, porque en cuanto pasan los Reyes y empiezan las rebajas, me vuelven a entrar. Es como un interruptor interno, que se apaga cuando siento que me están timando inflándome los precios por la cara, y se vuelve a encender cuando las cosas vuelven a su cauce, y las etiquetas vuelven a tener precios rebajados.
Mientras tanto, el tiempo bien. Estamos viviendo una especie de primavera navideña aquí en Cádiz, que anima a seguir gastando (bien en compras, bien en tapas, bien en porciones de empanada de la Butrón).
Y de consumismo gastronómico en mi casa familiar, ya ni hablamos…

Pues eso, un poco de color psicodélico a ver si me animo…

¡Feliz año nuevo!

Esto de leer a Oriana tiene sus efectos colaterales, y uno de ellos es precisamente pensar en mi propia familia, en mis antepasados. Ella tiene una forma muy curiosa de contar la vida de sus antepasados, y es hablar en primera persona: “cuando yo fui” este o el otro, como si efectivamente nos quedara impregnado en el material genético el recuerdo de las vidas vividas en otra persona, anterior a ella y sin la cual ella no estaría aquí.

Yo no sé si eso es cierto, pero es verdad que hay veces en que, como se suele decir, “blood is thicker than water”. Esta semana fui al funeral de un familiar: una mujer a la que no había visto más que una o dos veces en toda mi vida, y sin embargo no pude evitar sentirme triste. Y mirar alrededor y ver en las caras de los allí reunidos rastros de mi propia existencia. Y sentirme unida a ellos aunque fuera la primera vez que hablaba con ellos en mi vida.

A lo mejor es que me hago vieja.

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